‘Top Gun: Maverick’ deslumbra en su simplicidad sin escrúpulos

La memoria miente. A poco que se mire con cierta frialdad, hace falta más memoria para mentir que para recordar. La verdad ocurre completamente al margen de cualquier esfuerzo narrativo. Si uno, por ejemplo, se toma el trabajo de recordar ‘Top Gun (ídolos del aire)’ tal y como pasó por su vida en un lejano 1986 (para eso hace falta tener ganas y una edad cierta) puede que lo que se le venga a la memoria sea bueno, agradable y tierno. Con sentido. Digamos que la nostalgia o el placer culpable o el icono pop, como se quiera, obran su magia. Y, sin embargo, si cualquiera (viejo, joven o viejoven) se atreve a dar a la tecla de play en HBOmax para ver esa misma película, nada cuadra. De repente, surge la verdad en toda su crueldad disruptiva. Cursi, machista, rancia, sobreactuada, profundamente ridícula y muy, pero que muy, ruidosa. De los degradados de Tony Scott que tantas retinas desencuadernaron en su momento ni hablamos. Y el sudor, ¿por qué sudan tanto todos? Luego ya y con un poco de tiempo hablamos de los calzoncillos de Tom Cruise. 

¿Y cómo hacer una secuela de aquello estando como está tan a la vista el original? Y aquí es donde se agradece una buena mentira. De repente, el director Joseph Kosinski con la ayuda más que evidente en el guión del genio de Christopher McQuarrie (padre de las últimas entregas de la proverbial ‘Misión imposible’) consigue un auténtico monumento a la falsedad, un delirio de unas dimensiones tan acertadas, divertidas y, por momentos, memorables que no queda otra que rendirse. El cine de fórmula, o el de un único concepto, que casi inauguró en ese instante tan ‘ochentero‘ el productor Jerry Bruckheimer, adquiere de forma más que sorprendente 36 años después el brillo que nunca tuvo.

‘Top Gun: Maverick’, que se estrena el 27 de mayo tras haber sido aplazada una y otra vez desde el primer anuncio el 12 de julio de 2019, coloca a nuestro protagonista ante la difícil misión (misión, no por casualidad, imposible) de volver a ser el que tiempo atrás fue. Y lo hace en todos los sentidos. Se trata de recuperar en su plenitud aquella ingenuidad aparatosa que sobre una trama romántica de una simpleza abrasiva levantaba un espectáculo de motores que rugían y cámaras que daban vueltas en el aire. Pero, y en la misma medida, la idea es rendir homenaje al héroe, al héroe que lo es por su inconsciencia, su sentido de la amistad y, admitámoslo, su encantadora estupidez. Y aquí, pocas estrellas (quizá ninguna otra) como Tom Cruise para lucirse sin dejar de reírse de sí mismo y su mecanismo.

Digamos que la nueva película presume de ser en todo momento consciente del material completamente imposible que maneja. Y ahí se hace fuerte con un sentido tanto de la ironía como del espectáculo difícilmente discutible. Todo encaja: los chistes sobre sí mismo, las acrobacias y, lo más importante, el sentido del ritmo. Sí, no es más que un ‘blockbuster’ ideado para que las neuronas patinen por su superficie, pero lo es sin ningún amago de culpa. Se sabe una película profundamente simple y disfruta de ello. Se sabe ligeramente (o mucho) reaccionaria y se ríe de ello. Se sabe fuera del tiempo y desde el primer segundo se esfuerza en construir una especie de mentira infinita y, lo más importante, buena. Una buena mentira.

Y luego está lo de hacer que el espectador mantenga la atención. Parece fácil. Es más, se diría que es lo único exigible a una película de estas características y, sin embargo, semana tras semana la cartelera vomita su propio cansancio como si diera la batalla por perdida contra las plataformas. Por ello, resulta relevante y hasta se comprende, por muchas ampollas que levante, su lugar en el Festival de Cannes que empieza la semana que viene. Todo ocurre con ese instinto de previsibilidad que hace seguir el hilo, pero sin caer en lo evidente. La mano de McQuarrie, sin duda. Más sencillo: no hay un momento de pausa en esta reivindicación del cine como el espacio elemental de la memoria, la memoria que miente.

Recordar la película original es acordarse de algo indefinido que igual se detiene en ese atardecer perpetuo en el que vive el cine de Tony Scott, que en el ritmo machacón de ‘Take my breath away’, que en el cuerpo permanentemente sudoroso (o sólo sudado) de Cruise. En eso o en la mirada condescendiente de Kelly McGillis o el gesto siempre airado de Val ‘Iceman‘ Kilmer (precioso el homenaje al actor más maldito del cine reciente). Y todo ello forma una pasta extraña de la que están hechas más las mentiras que los sueños. Pues bien, ‘Top Gun: Maverick’ es eso: un escandaloso y delicioso embuste al servicio de un Tom Cruise colosal. Y con calzoncillos.


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