Mia Hansen-Love: «El cine ha perdido para siempre su carácter sagrado»

Cuenta Mia Hansen-Love (París, 1981) que ella, como Truffaut, está convencida de que hay dos tipos de películas: las que muestran la realidad y las que enseñan cómo le gustaría a su director que fuera esa misma realidad; es decir, su deseo. Ella, dice, dirige las segundas. La isla de Bergman, su penúltimo trabajo que ahora se estrena (en el pasado Cannes presentó Un beau matin), cumple a su modo la regla. A Farö, la isla en el extremo escandinavo del mundo en la que se recluyó el director Ingmar Bergman a mediados de los años 60, acuden una pareja de cineastas: Vicky Krieps y Tim Roth quién sabe si en la piel de la propia directora y el que fue su pareja durante años, el también cineasta Olivier Assayas. Les guía, como a tantos otros cinéfilos o cinéfagos, la curiosidad, la veneración y la necesidad de búsqueda. Y así hasta que uno y otro se ven envueltos en un extraño laberinto entre la realidad y la ficción, entre el cine y, esto es lo importante, el simple deseo. Lo que sigue es una delicada reflexión sobre el arte, la creación y la vida que también lo es del amor (y el deseo).

Da la impresión de que la película habla de un modo de cine y una forma de arte que desaparece…
No me atrevo a ser tan rigurosa. Pero sí es cierto que lo que entendemos por cine de autor está desapareciendo. Éste es un temor compartido por muchos. Se dice eso de que la gente prefiere quedarse en casa con las plataformas en vez de ir al cine. Pero, en realidad, creo que el problema es más profundo o complejo. El cine ha perdido ese carácter que tenía hasta no hace mucho de casi sagrado. Se ha desacralizado.
¿Es por eso que la casa de Bergman ha pasado a ser una atracción turística más de Suecia como se ve en el Safari Bergman de la película?
Digamos que eso sería un fenómeno de lo que decía antes. No es que el capitalismo con su vocación de tragarlo todo se haya comido también a Bergman, sino que, al revés y aunque suene ridículo, sus restos se han convertido en el último lugar de adoración en el que volver a experimentar ese aura perdida; es el último canto del cisne. Yo misma, antes de hacer la película, fui una turista más que acudió a presentar sus respetos a la tumba de Bergman. Me gustó hacerlo y acudir allí a ver donde filmaba. Son sitios muy bellos que se han conservado de forma bastante pura. Vas allí a ver el fantasma del cineasta, que es de una fragilidad increíble.
Volviendo a lo que comentaba antes, y pese a su incesante actividad, ¿da el cine por perdido?
No diría tanto. Lo que siento es una sensación de asfixia. La distancia entre el cine culto y el popular se ha agrandado. Uno, el que yo hago, es un nicho, y el otro se ha quedado reducido al mundo de los superhéroes sin ninguna ambición ni artística ni estética. Imagino que esta película fue una manera de combatir ese ahogo. Bergman es no sólo un cineasta, es un universo, un territorio enorme que definió el cine moderno y le dotó de unas posibilidades infinitas. De ahí lo necesario que sea recuperarlo de algún modo.
¿Cómo definiría su relación con Bergman y su obra?
Tengo con él la misma relación que mantengo con Truffaut. Si se me permite decirlo, siento que estoy enamorada. Sus películas para mí son como una presencia, una voz, una fuerza, una sonrisa. En los dos casos, en Truffaut y Bergman, da la impresión que son adultos que nunca han dejado de ser niños. Cuando ves a Bergman rodando en la infinidad de documentales que hay de él, su imagen no tiene nada que ver con la del hombre austero. Hay un placer infantil en todo lo que hace que, en efecto, enamora. Diría que, por lo lejos que está de él como persona, la única película que no me gusta suya es El séptimo sello. Sus películas son muy duras y oscuras, pero al mismo tiempo es capaz de dar lo mejor de sí cuando habla de la juventud, del placer del baño, de un instante de luz… Pienso en Mónica.
Una imagen de 'La isla de Bergman', de Mia Hansen Love.
Una imagen de 'La isla de Bergman', de Mia Hansen Love.MUNDO

Habla de un hombre austero que se casó cinco veces. Cinco mujeres que compartió con tres amantes. Y que dejó nueve hijos de los que, confesión propia, nunca se ocupó… Las acusaciones de misoginia le persiguen…
Nunca, nunca vi a Bergman como un misógino. Sus retratos de mujeres son extraordinarios. Pocos cineastas han sido capaces de filmar a la mujer como él. Es más, diría que su mirada es mucho más adusta con los hombres, a los que representa sin ninguna complacencia. Probablemente, el motivo sea que muchos de ellos son una fiel representación del odio que él sentía hacia sí mismo. Existe un narcisismo masculino que consiste en odiarse a sí mismo y ahí sí que creo que pueda encajar la figura de Bergman. Imagino que forma parte del egoísmo de todo creador. Él tuvo nueve hijo y fue capaz de más de 60 películas…
¿Se reconoce usted misma en ese egoísmo? ¿Hay que ser un enfermo de sí mismo para ser creador?
Tengo dos hijos. Me parece que es imposible que una mujer haga lo que hizo Bergman. Es una cuestión, si se quiere, física que tiene que ver con la transformación del cuerpo. No es un juicio moral. Yo no podría dejar que mis hijos fueran criados por otras personas porque son demasiado importantes para mí. Pero, por supuesto, que también soy egoísta. Quiero a mis hijos y quiero hacer películas.

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